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Fe y Cultura
El astrofísico Jonathan I. Lunine no era católico. Soñó con Jesús, leyó la Biblia y se bautizó

    


"Muchas cosas me atrajeron al catolicismo, incluyendo su larguísima historia de pensamiento en profundidad sobre las cuestiones más profundas que el hombre puede plantear...", dijo en una entrevista reciente.



Hay pocas personas que sepan más de la exploración espacial y de las posibilidades de encontrar vida, agua o recursos en otros planetas que el astrofísico Jonathan I. Lunine. Cuando el Congreso de EEUU debate si vale la pena gastar dinero en proyectos espaciales, él es uno de los expertos que consulta. Ha seguido la misión de la sonda Voyager desde hace 30 años, y también trabaja con la misión Cassini-Huygens y el telescopio James Webb. Es el director del Centro de Astrofísica de la Cornell University.

Aunque se formó en una familia judía no religiosa y es un admirador agradecido del famoso físico agnóstico Carl Sagan, gracias al cual se enamoró de la astrofísica -relata desde España el digital Religión en Libertad-, Lunine es un converso al catolicismo, bautizado en 2007. Es un entusiasta de las relaciones ciencia-fe y vciepresidente y un cofundador en 2016 de la Sociedad de Científicos Católicos, que en apenas dos años suma ya 800 miembros.

En el Catholic Courier contó una anécdota muy reveladora que vivió en 2014: una adolescente, estudiante de instituto, le dijo, tras una charla sobre ciencia y fe que él impartió, que "su novio le había dicho que no podría llegar a ser científica si creía en Dios. Imagínate que te dicen eso estudiando en secundaria".

Lunine, que de adolescente se benefició de las cartas que se escribía con Carl Sagan, que fue para él como un mentor en la distancia, entiende que los jóvenes católicos con pasión por la ciencia necesitan ser acompañados, y que les digan que ciencia y fe no chocan.

"Como dice el Catecismo, nº 159, 'las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios'", recuerda. Hay cosas misteriosas sobre la vida, o la existencia, que el método científico no podrá explicar. "Y hay una gran diferencia entre determinar la estructura del universo y cómo ha evolucionado en el tiempo, y preguntarse por qué hay existencia, por qué hay algo. Eso es algo que algunos científicos confunden", señala.

Pero, ¿cómo llegó Lunine a la fe católica? Es toda una historia.

Una infancia lejos de Dios...

El padre de Jonathan Lunine provenía de una familia judía conservadora, pero él no practicaba. La madre de Jonathan provenía de una familia judía reformada, moderna, pero el padre de ella había muerto de un ataque al corazón un año antes de nacer John, y estaba muy alejada de la fe. "Mi madre creía completamente que la religión era el origen de todos los males de la humanidad y rechazaba ser practicante", explica en una entrevista en Purpose Nation.

Pero el chico tenía alguna inquietud espiritual, se hacía preguntas sobre Dios y la religión, y por eso la familia se apuntó en el registro de la Sinagoga Central de Nueva York. Apuntaron al niño a su escuela religiosa y fueron con él a la sinagoga reformada algunas veces, pero lo dejaron pronto, hacia los 12 años, por problemas familiares y de dinero. Jonathan no hizo el ritual tradicional de Bar Mitzvah (mayoría de edad religiosa judía) ni la versión "reformada", parecida a la confirmación.

El despertar a la ciencia, y Carl Sagan

"Yo me sentía muy solo de niño. Mi padre era alcohólico. Teníamos muchos problemas, y cuando tenía 11, 12, 13 años mi forma de escapar era la revista mensual 'Sky and Telescope' que yo leía con avidez". Había una reseña del libro de Carl Sagan "La conexión cósmica: una perspectiva extraterrestre", de 1973.

Jonathan consiguió un ejemplar del libro ese año y perseguía a su madre leyéndole fragmentos en voz alta. Además, vivían cerca del Planetario Hayden ("aún hoy uno de los museos de ciencia más asombrosos del mundo") y conseguía que le llevaran allí con frecuencia. Su madre le animó a escribir a Carl Sagan... y el famoso físico respondió al adolescente con una carta de dos páginas, incluyendo instrucciones sobre qué estudiar para llegar a ser astrónomo.

"Y me esforcé tanto como pude, siguiendo esa carta. Y nos escribíamos mutuamente y llegamos a ser colegas antes de que él muriera a mediados de los años 90", recuerda.

Por eso siente que Sagan fue su mentor y que los jóvenes necesitan un adulto que les apoye con guía en su pasión.

La Biblia y un sueño muy especial
 

Mientras el Jonathan adolescente exploraba las maravillas de la ciencia, también despertaba a inquietudes espirituales. En su casa había una Biblia del Rey Jacobo (común en casas protestantes, insólita en una casa judía) y en ella leyó buena parte de ambos Testamentos.

"Ambas partes de las Escrituras me conmovieron cuando tenía unos 13 años. Y a esa edad tuve un sueño. Yo estaba en los bancos, pero por encima del resto de la congregación de lo que era una iglesia. Oía música de órgano de algún tipo, yo estaba como en un palco o balcón. Y sentí una presencia detrás de mí. Me di la vuelta, y esa presencia era Jesucristo. Y Él me sacaba de la iglesia y me llevaba a la luz del sol. Y ahí acabó el sueño. Y sentí una sensación tremenda de ser amado y confortado".

Jonathan se lo contó a su madre, judía incrédula y antireligiosa. "Bueno, ¿y qué más necesitas?", le dijo ella. Era una especie de regañina. "Como adolescente esa respuesta inmediatamente me cerró", explica. Es decir, le bloqueó el interés por explorar la fe durante años.

Una novia, luego esposa, cristiana... y los jesuitas

Ya como joven adulto, profesional de la astrofísica, empezó a trabajar en Tucson, Arizona. Allí conoció a una chica, hoy su esposa, que era cristiana. Venía de una familia cristiana conservadora pero acababa de apuntarse a una iglesia metodista, muy progresista, que le gustaba mucho más. Jonathan la acompañó durante años a esta iglesia y, de hecho, disfrutó mucho con los sermones, muy agudos e inteligentes, de su pastor, el reverendo David Wilkinson, "un hombre brillante, ya retirado", señala.

"Éramos miembros de la iglesia, aunque yo no me bauticé, no acepté a Cristo. Pero fuimos allí durante muchos años". Wilkinson era bastante anticatólico, pero a veces hablaba bien en sus sermones del científico jesuita Pierre Teihard de Chardin. "Sólo eso ya me abría los ojos", considera hoy Lunine. "Compramos los libros de Teilhard de Chardin... ¡no eran fáciles de leer! 'El fenómeno humano', por ejemplo, no es nada fácil".

Pero al mismo tiempo, Lunine trabajaba, día tras día, y año tras año, con los jesuitas astrónomos del Observatorio Vaticano, que tienen en Tucson su observatorio y una de sus sedes (desde la vieja sede italiana de Castel Gandolfo hay demasiada contaminación lumínica). Pasó un tiempo con ellos en Roma impartiendo cursos de verano.

"Me impresionaba profundamente, profundamente, su vida que armonizaba su ciencia y su fe. No había nada de artificial ni de forzado en ello. Diría que era una armonía sin esfuerzo, y eso me causó una honda impresión Y empecé a hablar con personas".

"Muchas cosas me atrajeron al catolicismo, incluyendo su larguísima historia de pensamiento en profundidad sobre las cuestiones más profundas que el hombre puede plantear, su fuerte conexión mediante la liturgia de la Palabra a la fe judía en la que crecí y las vidas maravillosamente variadas de los santos", explicó en una entrevista reciente.

Entre las personalidades que conoció y admiró estaba la del sacerdote y físico Georges Lemaitre (fallecido en 1966), el primero en plantear (ya en 1927) la teoría del "big bang". "Su articulación de cómo la ciencia y la fe deben y no deben interactuar es una maravilla de claridad, y era también el profesor maravilloso que todos en esta profesión aspiramos a ser", señala.

"Recuerdo que me senté, unas semanas después de volver de Roma, y pensé que tenía que tomar una decisión, y sentí que lo que quería era hacerme católico y aceptar a Jesucristo y bautizarme formalmente", añadió en la entrevista radiofónica. En el Catholic Courier lo expresa así: "Me di cuenta de que tenía que tomar una decisión y continuar, en vez de organizar un simposio unipersonal de 30 años en mi cabeza".

Telefoneó al pediatra de su hijo, que era católico. "¿Pensarías que estoy loco, Bill, si te digo que quiero ser católico?", planteó. "No, por supuesto", dijo el asombrado médico. Él le presentó a un sacerdote del Newman Center de la Universidad de Arizona (es decir, un veterano en el trato con universitarios intelectuales) y empezó su proceso de catecumenado de adultos en 2006. Fue bautizado y confirmado en el Sábado Santo de 2007.

Consejos para científicos con preguntas de fe

Pasada más de una década como católico, no ve nada en la fe que choque con la ciencia. Recomienda algunos libros. Uno es "How I stayed Catholic at Harvard" ("Cómo me mantuve católica en Harvard"), de Aurora Griffin, que estudió allí Clásicas y fue presidenta de la asociación de estudiantes católicos. Otro es "God's mechanics" ("La mecánica de Dios" o "Los mecánicos de Dios"), del hermano jesuita y astrofísico Guy Consolmagno, actual director del Observatorio vaticano. "Estos libros hablan de personas que son científicos y creyentes, ingenieros y creyentes, aportan un 'reseteo' a la realidad, cuando estás siendo presionado por tus iguales, un ciclo de presiones que te puede descentrar".

El tema de la presión que sufren algunos científicos católicas para abandonar la fe o sus aspiraciones científicas le parece muy importante. También que algunos, sin sufrir presiones, simplemente se sientan solos. Lanzar la Sociedad de Científicos Católicos, con 800 miembros en apenas dos años, ha demostrado ser una gran idea.

En America Magazine, la revista de los jesuitas norteamericanos, explica que la idea de organizar una asociación de científicos católicos practicantes la llevaba pensando un tiempo. Entonces leyó en esta revista una entrevista al profesor Stephen Barr en noviembre de 2014 que pedía eso. "Ya me había impresionado antes su libro Modern physics and ancient faith. Supe que encajaríamos bien. Le contacté y ahí despegamos".

Explica en la revista jesuita que reza la liturgia de las horas cada día por la mañana, en casa y cuando viaja. La oración de la tarde, con menos frecuencia. "Y hay momentos de oración espontánea que pueden ser muy profundos".

"Cuando puedo hacer una pausa, para sentarme y maravillarme ante el cosmos, ante las cosas enormes que parece que cada día descubrimos, y ante el misterio profundo de cómo nuestras mentes pueden comprender la realidad en la que nos encontramos, entonces mi perspectiva sí se ve muy influida por mi fe", constata.
 
 
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