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Opinión
El día contra la violencia «de género»

    




Cuando escribo estas líneas es el 25 de noviembre, el Día contra la Violencia de Género, Día que despierta en mí sentimientos contrapuestos, pues en algunas cosas estoy de acuerdo y en otras muchas no.

Por supuesto, estoy de acuerdo en condenar el machismo, y con muchísima mayor razón los asesinatos y malos tratos que sufren muchas mujeres de manos de sus compañeros sentimentales, sean sus maridos, parejas de hecho o lo que sea. Pero, desgraciadamente, también hay varones víctimas de sus mujeres, en un número que, mientras se publicaron estadísticas -cosa que dejó de hacerse porque no eran políticamente correctas- rondaba el tercio del total. Y tampoco se incluye en esta violencia de género ni a los homosexuales ni a las lesbianas víctimas de sus compañeros o compañeras sentimentales, por lo que sería más adecuado que violencia de género llamarla violencia doméstica o simplemente violencia sexual. Y no olvidemos las otras víctimas, como los ancianos y niños.

La autora feminista radical Amelia Valcárcel distingue tres olas feministas: la primera consistió en la teorización de la igualdad entre los sexos; la segunda se manifiesta en la conquista de determinadas libertades públicas y privadas: el derecho al voto y a la participación política, la libertad de elección de estado y el derecho al acceso a la educación superior. Estas dos primeras olas, con las que estoy de acuerdo, podemos llamarlas moderadas y en ellas se insiste en lo específicamente femenino y se defienden sus derechos y libertades, afirmando que las mujeres tienen derecho a intervenir en los diversos campos, sin por ello poner en peligro ni la maternidad, ni la familia, ni su promoción personal y profesional. La lucha por los derechos de la mujer forma parte del proceso de transformación que busca la igualdad, la justicia social y la libertad. El progreso femenino no consiste en asemejarse al varón, sino en desarrollar libremente sus posibilidades.

En la tercera ola, los temas son el poder y el sexo: ésta es la fase en la que el feminismo radical se convierte en ideología de género, una ideología de corte totalitario y basada en el odio y con la que se intenta combatir el matrimonio, la familia e incluso la maternidad. Y aquí quiero recordar el artículo 14 de nuestra Constitución, que establece que los españoles somos iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna entre otras cosas, por razón de sexo.

Aunque España no sea de los países más afectados por este tipo de violencia, sin embargo el número de víctimas crece de año en año, por lo que es indudable que algo se está haciendo mal. ¿El qué?

El error para mí consiste en ese empeño de dar educación sexual a base de ideología de género. En esta concepción se defiende que la sexualidad está al servicio del placer y no del amor, la absoluta libertad individual sin límites ni constricciones y la no distinción entre bien y mal. Cuando he visto por ejemplo que en mi tierra el gobierno regional se ha puesto como una pantera en apoyo de unas enseñantes que van por las escuelas, institutos y colegios diciendo a los padres que cuando van a entrar en la habitación de un hijo de once años se anuncien previamente para evitar violar la intimidad de su hijo, que puede estar masturbándose y viendo pornografía, porque si no lo hacen así, ello puede tener consecuencias negativas en la sexualidad de sus hijos. En pocas palabras, respetemos y por tanto fomentemos que nuestros chavales vean pornografía. Por cierto, esas clases son obligatorias, aunque la Constitución en su artículo 27-3 diga lo contrario, y es que para algo soy la sutoridad.

Pero si animamos a nuestros jóvenes a ver y consumir pornografía, fácilmente quedan enganchados y se da un efecto de adicción, que les lleva a buscar imágenes cada vez más duras, con una obsesión cada vez mayor en sus pensamientos y deseos sexuales, con lo que llega un momento que lo que se desea es poner en práctica los comportamientos vistos en la pornografía, que les lleva aberraciones sexuales y a una conducta cada vez más tiránica con su pareja. ¿O es que alguien puede creerse que los integrantes de las manadas que realizan abusos sexuales no llevan mucho tiempo viendo pornografía y no son adictos a ella?

Es evidente que la mejor manera de combatir la violencia sexual es enseñar a nuestros educandos una positiva y prudente educación sexual, llena de valores humanos y ¿por qué no decirlo? también de valores cristianos. Cualquier solución que no pase por el dominio de sí, y aquí es muy importante la ayuda de la gracia, simplemente lleva al desastre y al aumento de la violencia sexual.

 
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