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Evangelización
De niño se negaba a rezar un Avemaría completa, de adulto un asesino en serie le motivó a rezar el rosario diario

    


"Si el francotirador era detenido antes de que volviese a matar a alguien -le dije a María-, rezaría el rosario todos los días de la semana durante un año".



“Cuando Suz y yo empezamos a hablar de hacernos católicos, una de las primeras cosas que ella quiso saber fue: ‘Si me hago católica, ¿tendré que rezar el rosario?’ ‘No’, le aseguré, ‘los católicos no están obligados a rezar el rosario’ Ella también quería saber si tendríamos que tener imágenes en nuestra casa, y le dije que tampoco eso era una exigencia. Hoy nuestra casa está llena de imágenes sagradas –y de montones de rosarios– y nuestra familia lleva años rezando el rosario diariamente”.
 
Es Steven D. Greydanus quien evoca esta experiencia de los tiempos de su conversión. Greydanus es hoy uno de los críticos de cine católicos más seguidos en Estados Unidos, y además diácono permanente en la archidiócesis de Newark (Nueva Jersey), donde vive con los siete hijos que ha tenido con Suzanne.
 
¿Cómo se dio ese gran cambio en su percepción sobre el rosario, proveniente de los prejuicios protestantes de Steven y Suzanne? No hace mucho Greydanus contó la historia en el National Catholic Register, que difunde en español el portal Cari Filii. Una historia en la que han tenido mucho que ver, por sorprendente que parezca, los crímenes del conocido como francotirador de Washington, que en realidad eran dos y causaron diez muertos y tres heridos graves en octubre de 2002.

No al “Santa María, Madre de Dios…”

Pero todo empezó dos décadas antes. Steven y sus hermanos no eran católicos, es más, habían sido educados en la aversión al catolicismo. Pero asistieron entre 1980 y 1982 a la escuela parroquial porque su madre los consideraba académicamente conveniente para ellos: “Creo que mi padre, ministro calvinista, pensaba que una pequeña exposición al catolicismo serviría como vacuna y nos mantendría como chicos buenos y protestantes”.

Cada mañana las clases comenzaban con el juramento a la bandera (el Pledge of Allegiance), un Padrenuestro y un Avemaría: “No sé qué harían mis hermanos, pero yo rezaba el padrenuestro y la primera mitad del avemaría (las palabras de Gabriel e Isabel en el primer capítulo de Lucas) y, como buen niño protestante que era, me quedaba callado como protesta en la segunda mitad, sin base en las Escrituras. Que yo sepa, nadie se daba cuenta”.

Una iglesia abierta a las tres de la madrugada

Pasaron los años, y las cosas cambiaron en la familia Greydanus. Su padre, pastor holandés reformado, abandonó el ministerio, y todos empezaron a acudir los domingos a un templo episcopaliano (anglicanos de Estados Unidos). Steven conoció en él una perspectiva de la liturgia y de los sacramentos más próxima a la católica, lo que empezó a sembrar una duda sobre el fundamento último del protestantismo. Su conversión sería resultado de una evolución intelectual: ¿cómo podía sostenerse el cristianismo sin una autoridad en la Iglesia que pudiese determinar el verdadero sentido de la Biblia? Esta reflexión, unida a la evidencia histórica de que aquellos cristianos de los primeros siglos, respetados por todos los protestantes, en realidad creían lo que los católicos y no lo que ellos, le condujeron a la Iglesia. Y también a su esposa Suz.

Entre 1990 y 1992 vivían en Charlotte (Carolina del Norte), ya casados y en proceso de conversión. Todavía como evangélico, Steven había empezado a acudir diariamente a misa a la parroquia de Santa Ana. Antes de la celebración, algunos fieles rezaban el rosario. “Empecé a unirme tímida y dubitativamente. ¡Consideraba una gran ironía que ahora sí decía la segunda parte del Avemaría una y otra vez, como una penitencia por todas aquellas que había omitido antes! Todavía recuerdo la primera vez que recé el Avemaría completa. Serían las tres de la madrugada. Caminé la media milla que había desde mi apartamento hasta Santa Ana, porque quería rezarla ante la estatua de María que hay delante de la iglesia. No sé qué pudo hacerme pensar que la iglesia estaría abierta, pero… ¡como si María lo hubiese hecho, lo estaba!”.
 
En 1992 al poco de ser recibidos en la Iglesia, Suzanne y él se trasladaron a Filadelfia, donde participaban en una vigilia mensual de oración ante un abortorio: “En ese momento ya me sentía muy a gusto con el rosario, pero todavía no formaba parte de mis oraciones diarias”.

Dos asesinos y una promesa

El cambio tardaría una década en llegar. En octubre de 2002, el conocido por la policía y los medios como “francotirador de Washington” actuaba una vez tras otra de manera aleatoria en una gran área en torno a la capital federal. A un año de distancia del 11-S, la incertidumbre del lugar en el que volvería a actuar causaba un inusual nivel de “ansiedad colectiva”: “Me resultaba difícil soportarlo. Quería desesperadamente que capturasen al culpable. Rezaba mucho por ello”.

“En aquella época había empezado a sospechar que quizá María quería que rezase el rosario todos los días”, continúa: “Así que, cuando sentí que no podía aguantar ni un disparo mortal más, hice algo que no recomiendo: una promesa condicional al cielo. Si el francotirador era detenido antes de que volviese a matar a alguien –le dije a María–, rezaría el rosario todos los días de la semana durante un año”.

Greydanus explica que este tipo de promesas no son buenas, y advierte contra “los peligros de la superstición, del pensamiento mágico y de mercadear con el cielo”. Pero el caso es que no hubo más muertos, y los asesinos fueron arrestados. Eran dos, un hombre de 41años, John Allen Muhammad, que fue condenado a muerte y ejecutado en 2009, y Lee Boyd Malvo, de 17, que cumple varias condenas perpetuas.

Steven hizo honor a su promesa. Rezaba el rosario dando un paseo alrededor de su oficina, en la pausa para comer. Casi siempre los quince misterios, pero al menos cinco o diez. Pero hubo algún día que se le olvidó, y para compensarlos siguió rezando el rosario a diario incluso cumplido el año de la promesa.

“Al mismo tiempo, Suz había empezado a rezar el rosario a diario por su cuenta, con los niños, primero con la mayor, Sarah, que quería rezarlo pero a quien resultaba difícil hacerlo sola. Yo solía unirme, y finalmente se fue adhiriendo todo el clan, hasta hoy. Así que nuestros hijos han crecido rezando el rosario. Ha sido parte de sus fundamentos religiosos desde que nacieron, en una forma que nunca pudo ser para mí, y eso me llena de alegría”: y así finaliza Steven su historia.

De María a Jesús… funciona mejor

Pero añade una reflexión sobre lo que ha significado para él esta perseverancia diaria: “He aprendido la sabiduría del aforismo de que nos convertimos en aquello en lo que pensamos. No basta con conocer y creer en las realidades de la vida de Cristo. Es importante meditarlas habitual y detenidamente, si queremos que nos calen hasta los huesos y nos transformen. He aprendido que los misterios son inagotablemente fructíferos y que hay innumerables formas de rezarlos y meditarlos”. Él ha puesto varias en práctica: aplicarlos a su vida cotidiana, agradecerlos como verdades de salvación o simplemente contemplarlos sin otro objeto.

“He aprendido, por último, que María es una guía incomparable a los misterios de la vida de su Hijo”, concluye: “Rezar el rosario presenta dos lados o dimensiones: hablar con María y meditar sobre Cristo. He descubierto que si empiezo meditando sobre Cristo y luego intento añadir el hablar con María, no funciona. Sin embargo, si empiezo acercándome a María y luego paso a meditar sobre Cristo, como si María me llevase hasta su Hijo, contemplando Sus misterios junto a mí, mostrándome lo que necesito ver… es entonces cuando las glorias del Rosario se me desvelan”.
 
 
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